Este blog es de catársis... No lo tome personal, lo tome a mal, sino le gusta simplemente no lo tome !

No hay corrección de estilo ni ortografía. Se me olvidan muchos puntos, algunas comas y me como palabras completas y letras. Ya lo verá.

viernes, 28 de marzo de 2014

En la mítica tierra de Nutrimón. Mi paso por Barranquilla.


De niña Barranquilla representaba navidad, no porque viajáramos mucho, sino que cada vez que mi papá viajaba para allá regresaba cargado de... (como el juego del barco).Debo aclarar que eran los últimos años de la década de los ochentas y los primeros de los noventas, aún Gaviria no había abierto las puertas del libre comercio y los M&Ms no estaban en todos los supermercados del país. Barranquilla era un lugar "mítico" para mí, del que llegaban dos veces al año: garotos, chocolates Zero, milkyway, muñeco y juegos Fisher Price, Lego y cosas de esas que los papás compran a sus hijos cuando están de viaje, una cajita de Dunking Donuts por ejemplo.
El recorrido que logré hacer por la arenosa no fue en largo, ni puedo asegurar que la conozco, pisé sus calles por unas horas: dos tardes en dos días diferentes, la pisé, de paso, y no sabía que tomábamos el taxi que me llevaría sin proponérselo al "saudade". Nuestra intención era almorzaren un sitio rico y tradicional y el hombre nos llevo “Las Flores” a comer pescado junto al río Magdalena y él, inocente sin proponérselo, dijo con ese acento entre labios de los barranquilleros -este es Monómeros, ahora solo venezolano, porque antes era Colombo-venezolano pero lo vendieron-. La puerta del lugar no tenía el punto verde que tenían todos los lápices, cuadernos y borradores que teníamos en casa, ni las vallas que mi papa mandaba a poner en las carreteras de Nariño. Pero ahí estaba, la "tierra" del abono con sus formulas (triple 15 de Nutrimon por ejemplo) y sus bultos.
Frente al río comimos arroz con camarón y tomamos cerveza, la brisa se llevo un poco de la nostalgia y Dalmiro, nuestro taxista, después de habernos sentado por unos minutos a ver como una “cocinera”(ave negra azulada) planeaba contra la brisa, nos llevo hacia el barrio “el Prado” donde yo quería visitar, más por morbo museológico, lo más cercano a un gabinete de curiosidades que conoceré en la vida: el Museo Romántico. En una casona de los años treinta en donde cada una de las habitaciones está repleta de objetos organizados según el orden de la cabeza de quien lo montó. Hay desde banderas, fotos himnos, uniformes, maquetas y demás que quieren hablar de las familias tradicionales de la cuidad y las reinas del carnaval. Desde la profesión, sea museóloga o restauradora, es una pesadilla, pero tiene ese encanto que suelen tener las películas B.
Pasé, como ya les dije unas horas, por la cuidad. No me quedo claro cuál era el norte o el sur ni si un sector era “peligroso” o no. Lo único que me podía imaginar era mi pa, en alguna camisa de manga corta que Lulu le había empacado dentro de una maleta rígida de color café de marca Samsomite que usaron hasta que se rompió.
Me senté por unas horas en Quilla pero mi destino final fue Cartagena, llegué, vi los amigos, rumbie, vi como la novia de Caribe contraía matrimonio y brindé, recibí una flor, comí pescado, caminé por La Heroica y sus murallas comí helado de Corozo y de albahaca, me sentí feliz y satisfecha.
Pasé por Quilla de regreso, y tome un vuelo de regreso a la vida diaria lejos del río lejos del mar, donde hay M&M en cada tienda y hasta una tienda Lego se ha instalado. Me queda la melancolía y la sonrisa. 

Volveré, como dice una canción de pornosalsa,  me hizo falta dejar un par cosas cerradas. 

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